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Rafael Alberti

 

 

La húngara

 

No puedo hasta la verbena
pregonar mi mercancía,
que el alcalde me condena.

¡Pero qué me importa a mí,
si en estos campos, a solas,
puedo cantártele a ti!:

-¡Caballitos, banderolas,
alfileres, redecillas,
peines de tres mil colores!

¡Para los enamorados,
en papeles perfumados,
las dulces cartas de amores!

¡Alerta los compradores!